La estrella de la esperanza continuará siendo nuestra

Puños con corazones en alto

Christian Peñaloza Castillo

Tarde del 19 de septiembre de 2017. Solo hace un par de horas un terremoto afectó a la zona centro de México y poco a poco comenzamos a tomar conciencia y conocimiento de la devastación. En las cercanías de uno de los edificios colapsados en la colonia Roma todo es un barullo frenético por intentar ayudar a sacar escombros o por generar una mínima autoorganización que no aumente el caos del momento. Unos gritan que hay escape de gas, que no se fume, otros vocean que se requiere agua para los socorristas, otros intentan ordenar en algo el caos vial, otros dan señalamientos a los que aún caminan hacia sus casas ante la ausencia de transporte público. De pronto, como una ola que viene desde la zona del desastre, comienzan a levantarse los brazos con el puño bien cerrado. Todos lo hacen y el barullo comienza a extinguirse, en cosa de segundos. Se escuchan murmullos de ¡silencio! ¡silencio! y luego, efectivamente, el silencio se vuelve sepulcral. Quizás la primera vez que lo vi, el silencio no fue absoluto; ya la segunda vez y desde entonces, lo que era hervidero humano se vuelve tensamente quieto, casi que uno no quisiera ni respirar ni tragar saliva ni mover ni un músculo.

Desconozco si alguien lo inventó o si es un código de rescate preexistente o surgió espontáneamente dentro de las tareas inmediatas de rescate. Pero la misma tarde del 19 de septiembre ya se utilizaba en todas las zonas de derrumbe de Ciudad de México. Frente a la posibilidad de contactar a un sobreviviente bajo los escombros, frente a la mínima sospecha de ruido o de movimiento bajo el concreto, el puño en alto es la descarga eléctrica de optimismo y de expectativa que recorre las calles llenas de gente. Treinta segundos o un minuto de espera y luego, la posibilidad de dos señales: gritos de júbilo por que se confirma que hay señales de vida allá abajo o una palma abierta hacia adelante, en señal de falsa alarma y que el trabajo de búsqueda debe continuar.

Poco a poco comienzan a llegar militares para intentar controlar las zonas de desastre. Pero en los minutos posteriores al terremoto, la reacción vino de la misma gente que trabajaba en las cercanías. ¿Quiénes son los primeros que corren instintivamente a armar cadenas humanas para mover piedra tras piedra? Los trabajadores de la construcción, los limpiaparabrisas de las esquinas. Ellos, los llamados cholos. Ellos, los llamados nacos. Están lejos de sus casas, de esas que quedan a una o dos horas del centro, y lo que hacen es ajustarse sus cascos, llevar sus palas y picotas, poner su fuerza a disposición de encontrar personas. Incluso quizás cuántos de ellos son migrantes, de esos llamados ilegales, de esos que busca el INM para echarlos del país. No tanto en Ciudad de México, probablemente, pero ya desde el terremoto en Chiapas y en Oaxaca de una semana antes, y en Morelos y en Puebla para este, su ayuda ha sido esencial y espontánea. En Juchitán y en Jojutla. Sin familiares ni papeles, con el cansancio migrante sobre sus cuerpos, ahí están con todo, solo por mantener también su puño en alto.

A media tarde del 19, la conmoción inicial ya comienza a volverse organización y solidaridad. Mujeres y hombres, jóvenes y viejos, universitarios y oficinistas, personas con movilidad reducida, familias enteras, comienzan a actuar. No esperan al Estado ni desean esperarlo. Por las radios hablan las autoridades, pero en las calles no se les busca ni se les desea. Esa misma noche, sin luz muchas veces, surgen cocinas improvisadas que preparan alimentos para los rescatistas que ya alcanzan 8 horas o más de trabajo arduo y penoso. Y seguirán ahí aún muchísimas horas más.

Una buena cosa es que ese martes 19 no llovió sobre Ciudad de México, pero siempre existe la posibilidad de que se deje caer un aguacero. Mientras no ocurría, las calles en penumbras comenzaron a llenarse de brigadas de motoristas y ciclistas que van de un punto a otro para movilizar las primeras ayudas con medicamentos, comida, agua, lámparas. O camionetas con más personas preparadas para relevar a los que ya cumplen 10 horas sacando escombros. La madrugada del miércoles 20 es una noche de silencio terrible y, a la vez, de interminable chillido espantoso de sirenas de emergencia: de calles vacías y de gente con cascos moviéndose sigilosamente, y de un sonido fantasmal en la mente de todos de que en cualquier momento volvieran a rugir las alarmas sísmicas.

Desde el miércoles en la mañana hasta ahora, la ciudad se ha llenado de centros de acopio, de voluntarios con sus cascos puestos, de personas que recorren la ciudad con comida y agua para quien lo requiera, de brigadas transportando ayuda de un lugar a otro.  Tortas gratis. Tacos gratis. Arroz y frijoles gratis. Agua de sabores gratis. Por todos lados. Gente pobre y gente rica, en triciclos o en camionetas. Todos se mueven. A veces la organización es escasa, a veces sobran ganas y faltan estrategias, pero todos están con sus puños en alto, moviendo vida, moviendo energía, poniendo sus corazones sobre esos puños.

La tarde del miércoles 20 sí cae la lluvia. Así, como es acá en Ciudad de México, breve e intensa. Pero nadie ni nada se detiene. No hay tiempo que perder ni energía que se desvanezca.

Con el correr de los días, se suman los artistas, los músicos, los poetas. Siempre hay una manera de mantener el puño en alto. Algunos sacan escombros, otros se montan en sus bicicletas, otros ofrecen su comida, otros brindan su arte. Todo aporta. Todo suma. El puño debe mantenerse en alto como sea, con el corazón sobre él latiendo vida y solidaridad.

 

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