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El bus de la libertad tergiversó la libertad

Por Cristóbal Cartes

Quiero decir algo sobre la llamada libertad de expresión y sobre el concepto de ideología, explicarlas desde el contexto en que fueron usadas, tergiversadas públicamente, en julio de este año por el grupo católico HazteOír y la ONG CitizenGO através del bus transfóbico que se paseó por Santiago de Chile y Valparaíso.

A ver, lo que pasa es que la libertad de expresión es maravillosa. Yo estoy feliz escribiendo esto en un espacio público. Me puedo expresar libremente. Ahora, la diferencia fundamental entre un mensaje como este y un bus que se pasea por la ciudad atacando una realidad objetiva (pues la gente transgénero existe, respiran sobre el mundo, así como respiran y caminan sobre la Tierra los bisexuales, homosexuales, transexuales, demisexuales, etc.), es que yo no estoy pasando a llevar la libertad del otro, la libertad de sus prácticas sociales como humano, la libertad de sus deseos o emociones.

El problema, entonces, está en la diferencia acerca de la idea de libertad entre uno y otro bando. La libertad, por muy paradójico que pueda sonar, solo funciona si (y solo si) no se pasa a llevar la libertad del otro. Al menos así lo entiendo yo. Y me parece que es simple sentido común. ¿Cómo explicarme? Por un lado estoy yo, el autor de estas palabras, me considero hombre homosexual. Vivo mi vida, algunas veces beso hombres, otras veces tengo sexo con ellos. Ellos quieren y yo quiero hacerlo. Listo. Ahora, alguien dígame, ¿en qué modo podría desear pasar a llevar a alguna persona con estas prácticas del cuerpo? En ningún modo (solo quizás si no tomé las precauciones necesarias, que van más allá del simple uso del condón, y contagié a mi compañero sexual alguna ETS. Aunque eso es otro tema y algo que se da en la intimidad de lo ya concertado libremente). Por tanto, con aquellas prácticas, ejerzo mi libertad y dejo a otros ejercer ese mismo tipo de prácticas como quieran. No me meto en sus vidas sexuales mientras no hayan pasado a llevar a nadie.

Por otro lado, existe un grupo de heterosexuales que quieren imponer una idea sobre la mente de la gente, sin siquiera tener claridad sobre el tema: la idea de que sus prácticas socio-sexuales son las correctas y únicas posibles. Que son las “buenas”. Es decir, su “libertad de expresión” desea restringir la libertad del otro, del que es diferente a ellos. Eso sí es expresión, pero no es libertad. Es violencia. Lo que hacen estas personas es lo que yo llamaría sencillamente: expresión violenta de ideas (que incitan a más violencia, una que, se ha demostrado, puede llegar a ser física).

La violencia también está en el lenguaje, se llama violencia epistémica y hay que tener cuidado, cuidado de no reconocerla. Para aclarar, la episteme es todo aquello con lo que obtenemos el conocimiento, es decir, aquellas condiciones con las que nos formamos la idea del mundo, de lo que es verdad. Por ejemplo, quienes sean que leen estas palabras, están condicionados a leer estos signos como si significaran algo, estas rayas, curvas, espacios, los cuales llaman y reconocen como palabras o letras. No pueden, a simple vista, ver estos signos como manchas. Y estas mismas palabras o signos condicionan la posibilidad de los lectores de saber lo que dice este discurso. Si no saben leer, no saben qué quiero decir. O sea, que el lenguaje escrito o cualquier lenguaje en general, es una forma de epistemen. Una condición de posibilidad de saber, una forma de conocimiento de lo que nos formamos como verdad.

El discurso transfóbico, con la violencia epistémica que implican las palabras escritas en aquel bus, por ejemplo: “Si naces hombre, eres hombre. Si eres mujer, seguirás siéndolo”, quiere imponer sus ideas de mundo sobre la mía con frases cortas como esa, publicitarias, sin bases sólidas de argumentación ni pensamiento. Está bien, yo también, de alguna manera, quiero imponer bajo la lógica de mi argumentación, ciertas ideas aquí, no solo exponerlas. Sin embargo, sucede que lo incorrecto en su discurso es que, de entrada, limita la mía y otras libertades, pues desean cambiar prácticas e identidades que nada tienen de malo en sí mismas.

Además, ellos quieren hacer creer que yo pertenezco a algo que llaman “ideología de género”. Esta es una idea mal expresada intencionalmente (si no es intencional, entonces, perdónenme, es idiotez). Es natural que todas las personas tengamos ideología, es decir, un conjunto de ideas o principios con las que nos enfrentamos al mundo. Yo ahora estoy expresando parte de mi ideología, es cierto, y con respecto a un problema de género, cierto también, pero en “ideología de género” usan la palabra ideología como si se tratara de un plan, un plan malvado.

¿Aló? ¡Todos tenemos ideología! ¡Todos tenemos género! Lo que ellos (quienes quiera que sean los que apoyan ese bus) quieren nombrar como “ideología de género” es no una ideología, sino una realidad de género. Una realidad, como ya señalé, objetiva, indiscutible, que existe a partir de la identidad y deseos de ciertas personas. La ideología de género, y es ahí donde está lo tergiversado de su discurso, la imponen ellos. Ellos son los del plan. Son ellos los que efectivamente presentan una ideología de género, un plan comunitario, al menos. Es lógico, yo también tengo una ideología, o sea, ideas respecto a lo que es y cómo se debe respetar el género y la sexualidad, pero es la forma en que se presentan estas ideas lo que me diferencia. Mi ideología flota en el espacio de mi individualidad, no está registrada en un libro, como el catolicismo o el marxismo, no es una estructura llevada a cabo por un grupo empresarial, como el capitalismo, ni tiene un líder como el Papa o Jesús, o Hitler, o Milton Friedman. Es decir, no es un plan. Ahora, no tiene nada de malo tener un plan, pero presentar como plan algo que no es más que una realidad, me parece grave. Como si la comunidad LGBTI (que somos comunidad solo por existir, no por juntarnos a planificar en grupo, aunque lo hagamos) quisiera imponer algo más que sus propios derechos, como si quisiéramos contagiar a alguien de algo (convencer sí, pero contagiar, como si esto se tratara de una enfermedad, ni siquiera es posible).

Ellos tienen una idea subjetiva de lo que no es, su ideología se presenta como un plan de lo que puede o querrían que llegara a ser. Son personas completamente despegadas del mundo, gente que niega la realidad, la identidad humana en su diversidad y quiere, por miedo a ver afectado sus intereses, la homogenización de las prácticas sexuales dentro de una heteronormatividad de reproducción. Entonces, si hay alguien que quiere imponer sobre el mundo una ideología de género, una estructura limitada de actos sociales, una idea preconcebida sobre lo que debe ser y no ser, no somos nosotros, son ellos, los del busecito de la “libertad”. Entonces, por favor, que no nos vengan a hablar de libertad, porque de eso es de lo que más se alejan.

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